jueves, 28 de febrero de 2013

Palabras para una vida 21


Día D. Hora H.
La maleta ya estaba llena. La ropa perfectamente lavada, planchada y ordenada, nada que ver con las maletas que he hecho a lo largo de mi vida, desordenadas, con ropa arrugada y pésimamente distribuidas. Cada camisa, cada pantalón, corto por supuesto, los niños siempre llevábamos pantalón corto, incluso en invierno, estaban perfectamente colocados. Maleta impecable y niño desdichado. 

El desayuno y el almuerzo no dulcificaron el difícil trance. A las seis de la tarde volvería a la Estación de Francia para coger “El Sevillano”, que me llevaría de vuelta ¿a casa?. La ilusión de la ida no tenía nada que ver con la desesperación de la vuelta. 

Cada cosa que hacía o miraba, tenían el sello indeleble de la última vez. Miraba la casa por última vez, montaba en el ascensor por última vez, subía al seat por última vez. Y todo me parecía más bello y deseable porque lo perdía. Siempre supe que no me pertenecía y quizás por eso lo disfruté tanto. 

Cuando damos algo por descontado, porque es nuestro y lo merecemos, le restamos valor. Lo cotidiano, por bueno que sea, lo dejamos de gozar para centrarnos en lo que deseamos y no tenemos, somos así de neuróticos. Parece que nos gusta sufrir por lo que nos falta y no sabemos deleitarnos con lo que tenemos. Pero era diferente en aquellos tiempos austeros. De no tener nada, ni siquiera el respeto por la vida, en la guerra civil y postguerra, se pasó a sobrevivir y más tarde a vivir, y la mayoría de gente lo estimaba. Quizás por eso había un índice alto de felicidad en la sociedad, por más que el régimen político fuera catastrófico. Apreciaban lo que tenían. En la actualidad, teniendo mucho más, hemos preferido sufrir por lo perdido antes de alegrarnos por lo que poseemos.

Pero aún no había aprendido esa lección. Barcelona era blanca y Córdoba negra. Una era el sol y la otra estaba azotada por las tormentas. No veía las maravillas que se escondían en la capital de los califas y en sus gentes. Sólo recordaba sotanas, calor, violencia y desprecio. Había vivido en el cielo y se me hacía muy duro volver a los infiernos. 

Durante todo el día bañé con lágrimas, no los ojos, pero sí el alma. La tristeza me inundaba y la angustia atenazaba cada poro de mi piel. Lucía una sonrisa como un arco iris en medio del temporal. No quería dar pena, un sentimiento que sentía por mí mismo pero que no podía tolerar en los demás. Bromeaba con el tren, el viaje y lo que me esperaba en Andalucía, pero mi tartamudez, casi olvidada en esos meses, aumentó hasta cotas inimaginables, desmintiendo mi seguridad y aplomo.

El coche entraba en Barcelona. La estación, que tan bella me pareció, se convirtió en enemiga. Los trenes y el trajín de una estación, que siempre me han parecido mágicos, eran el preludio de la vuelta a los instintos más primitivos y asesinos. Mis músculos se tensaron preparados de nuevo para la lucha. Todas las alertas se volvieron a encender y la desconfianza hizo de nuevo su aparición. Nada había cambiado desde aquel día en que llegué, pero todo me pareció diferente. Nuestra realidad no es la que tenemos, si no la que sentimos. Las distorsiones son la consecuencia de nuestro miedo, ansiedad e inseguridad. Mi realidad en ese momento estaba absolutamente distorsionada. 

Llegamos con mucho tiempo de antelación. La cabina con ocho asientos estaba esperándonos y a mí me tocó de frente a la marcha del tren, al lado de la ventanilla. Durante más de una hora estuvimos esperando la salida. Mi tía hablaba mucho pero yo estaba sumido en el silencio. No tenía palabras. La pena secó la garganta y un nudo recorría hasta el último rincón de mi corazón, apretándolo. 

En ese momento me dio por pensar que era un privilegiado, que tenía comida, casa y juguetes, no como los chinitos y negros del Domund. Tenía padres, a Dios y a Franco.  ¿Qué más podía pedir?. Pero esto sólo me hacía sentir miserable y desagradecido. Me culpaba por sufrir cuando debería ser feliz. No comprendía que tener no nos hace más dichosos. Sólo las relaciones sanas, en donde el amor, la ternura y el respeto brillan con luz propia, son capaces de convertir la pobreza material en riqueza espiritual. Y yo sólo era feliz con mi tía. Ese amor convertía cualquier cosa que ella poseyera en el regalo más inesperado y maravilloso y, allá donde viviera, en el rincón más bello del planeta.

El tren inició la marcha. El cuerpo sin alma de un niño se alejaba mientras su esencia se anclaba en los pliegues del vestido de la mujer que le decía adiós.

martes, 26 de febrero de 2013

Palabras para una vida 20


Septiembre
El verano llegaba a su fin y mi estancia se terminaba. Hasta ese momento sólo vivía el presente, que parecía eterno e inmutable, pero comencé a ser consciente de un futuro muy cercano, de un tren, de un colegio, de un barrio de casas blancas y, lo peor, de unos curas y unos compañeros nada deseados. Sabía que me tenía que ir, pero no lo comprendía. Allí también había colegios, niños, deberes, libros y familia, que se quedaban, pero yo me marchaba. Estaba adaptado a esa vida, a esa gente y a ese lugar. Sentía que pertenecía a ese sitio, no por nacimiento, sino por adopción devota por mi parte, y notaba que no era rechazado. ¿Porqué me tenía que ir a un lugar en que no encajaba y no se me respetaba?. 

Todos los niños tenían a su madre y, aunque no la escogieron, era la única madre a la que querían. Yo sí había escogido a mi madre, que no me parió, pero era a la que quería por encima de cualquier otra persona o circunstancia. Donde ella estuviera era donde yo quería estar. En donde ella viviera era donde me aclimataría para ser feliz y no crear ningún problema, donde brillaría todo lo que pudiera para que se sintiera orgullosa de mí.

Mi tía era consciente de lo que sentía y no se cansaba de repetir lo buena que era mi madre y lo mucho que me quería. En lo único en que era inflexible conmigo era en hacerme comprender, sin ningún género de duda, que yo sólo tenía una madre y no era ella. Nunca me dejó llamarla mamá y, si le indicaba de manera indirecta que la prefería, se enfadaba conmigo. Tú y yo tenemos un lazo muy especial, siempre nos querremos, me decía, pero tu madre es la mejor de las mujeres y la mejor de las madres. 

Ante esa insistencia, yo callaba mis sentimientos y anhelos, pero era como un volcán que no puede vomitar lava y sufre una presión enorme, más cuando la identificación más importante para mí en ese momento, la filial, no la podía compartir con nadie. Me sentía culpable por sentir lo que no debía. Tenía que amar como madre a quien veía lejana y considerar como tía a quién quería por encima de todo. 

El verbo amar jamás se debería conjugar con la palabra deber, son incompatibles. Si alguna vez mis hijos creyeran que me deben algo, me sentiría fracasado en el amor que les he dado, porque siempre ha sido completamente gratuito y nunca esperaré nada de ellos como forma de pago a una inversión realizada. Espero que lo que ellos alguna vez me quieran dar, será porque lo desean y porque me amen, no porque sientan que me deben algo. Creo firmemente que nunca diré la siguiente frase: “con todo lo que hecho por ti y así me lo pagas”. No he hecho nada por mis hijos. He sentido la necesidad de amarlos y ese amor es lo más grande que he tenido. No existe mejor premio que haber tenido la oportunidad de sentir mi corazón latiendo de ternura por su simple existencia.

Pero yo sí sentía que debía amar a mi madre por encima de cualquier otra persona y me sentía culpable por no poder experimentarlo. Ser un mal hijo suponía uno de los peores pecados de la época. Si la familia era sagrada, la madre lo era mucho más. Peor aún, mi madre era una persona buena, muy buena, y esto lo hacía aún más difícil. Esa culpa la arrastré durante años como una rueda de molino enroscada al cuello. Me veía como un monstruo por muchas razones y, la mayor de ellas, es que no era un buen hijo.

Comencé a llorar por las noches y aumentaba en intensidad conforme se aproximaba la fecha de la vuelta. Eran lágrimas silenciosas y oscuras. Me llevaba papel higiénico para no manchar la almohada y que mi tía no se enterara. Eran lágrimas por mí y por mi madre, que no se merecía que yo estuviera triste por volver con ella. De día fingía que todo iba bien, Pero la soledad de la cama invitaba a dejarme llevar por mis emociones, sin encerrarlas en la cárcel del rol masculino que prohibe llorar a los hombres. Las lágrimas eran vergonzantes, pero amigas al fin y al cabo. Debo ser muy poco hombre porque, aunque en público me reprimía, en privado he llorado ríos y mares. 

domingo, 24 de febrero de 2013

Palabras para una vida 19


Catalanes
Los catalanes tienen mala prensa en Andalucía e intuyo que sucede lo mismo en el resto de España. Y los que peor hablan de ellos son los que nunca han estado en Cataluña o sólo la conocen de haber pasado unas vacaciones de pocos días. Sin embargo, aquellos que han vivido años en aquellas tierras, suelen tener un alto concepto de este pueblo. Los prejuicios se basan en el desconocimiento, por eso, los que no deberían hablar de algo que no saben, son los que más atizan el odio al diferente.

He vivido un año de mi vida en Sardañola y he visitado Barcelona decenas de veces con posterioridad. Este tiempo no es suficiente para conocer a fondo su manera de ser y de sentir, pero sí para desmontar tantos prejuicios que hay en torno a su carácter.

Los políticos han ensuciado la imagen de los catalanes. La cuestión lingüística o el hecho diferencial sólo existe en las mentes de dirigentes, de uno u otro bando, que buscan la confrontación para obtener réditos electorales. No he vivido ninguna situación truculenta con respecto al idioma. Hay un enorme respeto para el que no sabe catalán y para el resto de españoles que viven allí. Ya me gustaría ver ese mismo respeto en el resto de España. Sentirse nacionalista o independentista no es ningún delito y el sentimiento es algo tan íntimo y personal que nadie tiene derecho a ponerlo en duda ni criminalizarlo. Cada persona se conmueve, llora o ama aquello que le llega al corazón y, si observa que le atacan por sentir lo que siente, se distanciará irremediablemente del que le reprocha. 

Nunca me ha gustado el patriotismo que se basa en la diferencia para sembrar odios. Sí creo en cambio en el somos como somos por lo que hemos vivido, no porque seamos distintos. En el fondo, los humanos somos animales que nacemos iguales y que nuestro entorno se encarga de modelarnos de distintas maneras, y esto se debe considerar como una riqueza y no como fuente de conflicto. Este es el patriotismo que percibo en Cataluña, no en sus políticos, pero sí en su pueblo. Por contra, veo mucho patrioterismo en una buena parte de españoles que, con sus prejuicios, alejan cada vez más a Cataluña de España. Si sólo dialogaran los pueblos, en vez de hablar los gobernantes, habrían menos disputas y más entendimiento.

He recibido mejor trato, me he sentido más arropado y he constatado más consideración en Cataluña que en mi propia región. Y no es sólo por tener una mejor educación, si no  porque el que siente que no es querido ni comprendido por otros, se pone mejor en tu piel que el que despotrica de lo que desconoce.

No soy patriota español, andaluz ni cordobés. Mis querencias van mucho más de la mano de mis recuerdos que de mi lugar de nacimiento. No amo Córdoba por haber nacido allí, si no por haber amado en esa plaza, por haberme declarado a la chica que me gustaba en ese bar, por recordar aquella función de teatro en que tanto me divertí, por aquel casino en que estaba tan nervioso antes de sacar a la morena que me gustaba, por aquella higuera, aquel algarrobo, esa escalera, aquel callejón, este cine o esa sierra infinita en que me perdía con mis amigos, ese barrio en que cantaba con la pandilla, ese portal en que te robé un beso. Cuando paseo por Córdoba disfruto de su belleza pero, sobre todo, disfruto de esa vida que jamás volverá pero que ha moldeado mi ser y mi sentir.

No era eso lo que pensaba de Córdoba aquel verano. La evocaba en blanco y negro mientras vivía a todo color y en alta definición en mi nuevo, aunque coyuntural, hogar.

viernes, 22 de febrero de 2013

Palabras para una vida 18


Dr Jekyl y Mr Hide
Cuando leí esta maravillosa novela me sentí identificado con el personaje. Mientras estaba con mi familia era una persona taciturna, poco dada a la risa, pero pacífica y tranquila. En el colegio, con los compañeros de clase, salían mis instintos más agresivos. En Barcelona me encontré con un tercer personaje que convivía con los dos anteriores, Mr Happy. 

Mi Jekyl era un desgraciado que se conformaba con existir, intentando hacer el menor ruido posible para que nadie se diera cuenta de mi miserable existencia. Los resultados académicos ayudaban a que los míos no exploraran los vericuetos emocionales tortuosos que se ocultaban tras la brillantez del boletín de notas. Mis padres estaban orgullosos de mí y, aunque no me entendían, me respetaban.

Mi Hyde era un león orgulloso que no permitía que los iguales me menospreciaran. Eso ya lo sabía hacer yo mucho mejor que ellos. Pero les podía dar mamporros, cosa que no podía hacer conmigo mismo.

Jekyl y Hide se transformaron en Happy cuando el tren llegó a la estación de Francia. No era un desconocido, sino un viejo amigo ya olvidado, que era capaz de percibir olores y colores que creía olvidados y ternuras desaparecidas. Volvía a ser yo, volvía a estar en donde me correspondía. Volvía a sentir la misma carne que me abrazó para desaparecer durante un tiempo. Todo sabía, olía y lucía de la misma manera intensa y me volvía a recrear en mis sentidos. Disfrutaba de cada novedad y de cada sorpresa. Llegó un momento en que tenía la impresión que me había despertado de una larga pesadilla. 

No tenía un trastorno de personalidad múltiple, simplemente me adaptaba a cada realidad. Reaccionaba a lo que encontraba en mi entorno. Tanto reaccionaba que me olvidé de ser y me convertí en un camaleón que cambia de color según las circunstancias. Pero un camaleón no es libre porque el miedo es el mayor enemigo de la libertad y, la reacción, el gran enemigo de la felicidad. Asir las riendas de tu vida y tomar decisiones basadas en lo que realmente quieres y no en lo que temes genera ese difícil equilibrio de saber aceptar sin claudicar, de hacer el camino en vez de seguirlo, de no tener demasiado en cuenta las metas para prestar atención a cada paso que das y a disfrutar del paisaje que eres capaz de contemplar porque no tienes perdida la mirada en el punto de llegada.

Nunca he matado a ninguno de mis tres personajes. Forman parte de mí, pero ya no de una manera unitaria y excluyente entre sí, si no que se han mezclado y soy los tres a la vez. Rebelde con causa, pacífico, exigente ante el que entiendo que no me está respetando y duro cuando es menester, sin llegar a la violencia de antaño. Ninguno de los tres era bueno ni malo, ni siquiera el bambi de Happy, pues la vida no es de color de rosa como la veía desde su perspectiva catalana, pero todos ellos me ayudaron, a su manera, a sobrevivir primero y a vivir en plenitud después.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Palabras para una vida 17


F.C. Barcelona
Mi padre era socio del Córdoba y no sólo iba a los partidos de casa, si no también a casi todos los campos de España acompañando al equipo de sus amores. El único coche del barrio, propiedad de Salcedo, el dueño del bar, conoció mil batallas de los cinco que solían ir a todos los estadios de primera o segunda división. Las pesetas escaseaban pero mis padres acordaron que las doce horas diarias y las horas extras de los domingos, eran para la casa. Los segundos trabajos que pudiera conseguir eran para el fútbol. En directo seguía a su equipo, con más penas que alegrías, y por el transistor al Real Madrid, su otro equipo y el que le daba las victorias que deseaba. 

El fútbol no me interesaba, probablemente por lo desastroso que era jugándolo, aunque tenía cierto cariño al Córdoba, más que nada porque era el anhelo, y decepción, de mi padre. 

En Barcelona el fútbol era mucho más que fútbol y el Barsa mucho más que un club. El club se vivía como algo propio, formaba parte de la vida y la ilusión de la mayoría de los catalanes. La identificación entre el pueblo y el equipo era increíble. El eterno rival, el Real Madrid, era visto como el equipo del régimen, el representante del imperialismo español, el equipo de los que prohibían hablar el catalán. El Barsa era libertad, contestación y reivindicación de lo propio.

En Cataluña me reencontré con el amor propio y ese amor se canalizó al mayor símbolo que este pueblo tenía en ese momento, su equipo de fútbol. Los Sadurní, Rifé o Rexach de aquellas fechas me hicieron vibrar tanto como los Xavi, Iniesta o Messi actuales. El azulgrana tiñó mi corazón. Desde entonces llevo con orgullo mi condición culé. Nunca he estado en el Nou Camp, pero llegará el día que cumpla ese sueño, como tantos otros que cumplí por aquellos lares.

Julia
Ripollet era otra ciudad dormitorio situada junto a Sardañola. Allí vivía mi tía Julia, prima de mi madre. Era visita obligada. Hija de Ana, hermana de mi abuela, conoció el hambre tanto en Málaga como en Córdoba. Ella y dos de sus hermanas también emigraron a un sitio insospechado: Barcelona. Cuando veo a Scarlett O´Hara jurando que nunca volvería a pasar hambre, ni ella ni ninguno de los suyos, siempre me he acordado de mi tía Julia.

No se aburría. Cinco hijos, sus padres ancianos viviendo en su casa, conduciendo su camión y vendiendo en los distintos mercados de la zona, era la antítesis de la mujer de la época. Y lo que más admiraban el resto de mis tías: sabía nadar.

No volvió a pasar hambre. Se convirtió en el único familiar por parte de madre que se le podía adjudicar legítimamente el adjetivo de rica. Y lo era a base de trabajo a destajo y accidentes de tráfico casi mortales con quemaduras por todo el cuerpo. Nadie le regaló nada, todo lo que tiene lo pagó con sangre, sudor y lágrimas.

Su padre, Jesús, era un aragonés con una presencia insignificante y un estar impresionante. Fue la primera persona que me contó lo que significó la guerra civil desde el bando de los perdedores. Anarquista de la CNT y luchador en la batalla del Ebro, era un ateo que creía en Dios, su Dios, el general Durruti. Contaba tantas desventuras de la guerra como callaba sus desventuras de la postguerra. Como no salió de España, supongo que estuvo prisionero. Se desesperaba con su mujer, que adoraba a Franco, pero el respeto entre ambos hizo que la sangre nunca llegara al río. Cuando lo conocí era un viejo derrotado, con muchos más años encima de los que decía su carné de identidad, que aún vivía de sus años heroicos y moría con su triste existencia posterior. Sus ojos y su corazón estaban secos de tanto llorar y perdonar. Decía que una tumba en la ribera del Ebro habría sido mejor epitafio que la existencia gris en la que se encontraba. Su espíritu quebrado no llegó para conocer la muerte del dictador.

Cada verano que fui a Sardañola pasaba al menos un día con ellos. Casa ruidosa como pocas, casi todas las horas que pasaba allí hablaba con Jesús. Era un buen y entusiasta orador cuando trataba el tema del anarquismo y la lucha contra el fascismo, y yo era un buen oyente, interesado y, sobre todo, sorprendido. Era la primera vez que alguien me hablaba mal de Franco y se enorgullecía de la República. 

Ni le creía ni dudaba de sus palabras, todo lo que me contó se quedó guardado en algún rincón de mi cerebro, una semilla que germinó años después. Demasiadas personas, tanto las más queridas como las que tenían más autoridad sobre mí, desmentían a Jesús, sólo ante la inmensidad, pero algo en el brillo de sus ojos, en su férrea mirada y en la emoción que ponía en cada frase, me decía que debía tener parte de razón. Mi tío Diego, en siguientes veranos, profundizó aún más en mis dudas sobre la bondad de nuestro régimen, pero debo reconocer que seguí adorando al dictador hasta el mismo día de su muerte.

lunes, 18 de febrero de 2013

Palabras para una vida 16


Tebeos
Por aquel entonces no existían los cómics. Sólo había tebeos. Me enteré de su existencia, como no, en Sardañola. El Capitán Trueno, Jabato y Roberto Alcázar y Pedrín eran la lectura favorita, junto con cualquier libro de fauna, de mi tío Angelín. Acostumbrado a la aridez de mis libros de geografía, matemáticas, geometría y astronomía, los tebeos suponían una nueva dimensión desconocida y fascinante. 

Me esforzaba en escapar de mi realidad, ya fuera tirando a canasta, paseando con la mente en blanco, resolviendo problemas matemáticos o memorizando cabos, golfos, ríos o capitales. Pero los tebeos no me hacían pensar ni me obligaban a memorizar. Sólo me divertían, nada más y nada menos. Me transportaban a las lejanas tierras de los pictos o al helado Thule, siempre en compañía de camaradas leales que no me dejaban luchar solo contra el mundo y perder, si no que estaban codo con codo conmigo sin preguntas ni esperando recompensas. Encarnaban la auténtica amistad, la que es generosa de verdad, la que consigue que lo que se hace por el otro, es lo que realmente se desea hacer y nunca habrá un “con todo lo que he hecho por ti”. Una amistad sin expectativas ni contrapartidas. Das lo que quieres dar y recibes lo que te quieran dar, aceptándolo y valorándolo. No hay deudas, sólo gratitud. Valoras a tu amigo no por lo que te da sino porque está ahí, a tu lado, apoyándote o previniéndote si andas equivocado, pero no te deja solo, ni siquiera en tus errores.

Más tarde me acompañaría la Marvel Comics Group que, a pesar de su nombre, no consiguió que los tebeos cambiaran de denominación, con Thor, Namor, los cuatro fantásticos, Spiderman, Dan Defensor, Estrella Plateada, Capitán América, La Masa o el hombre de hierro. Me gustaban más los héroes solitarios, benefactores anónimos y a menudo mal comprendidos e incluso temidos por la mayoría. Eran diferentes y eso les hacía parecer sospechosos. 

Ser o parecer bueno es una constante en el ser humano. ¿Quién no ha tenido alguna ensoñación romántica de darse o salvar a los demás y ser recompensado con el reconocimiento de todos?. Pues en ese momento histórico tocaba ser monja o sacerdote en tierras lejanas, llenas de negritos y chinitos hambrientos de comida y de religión. Aunque alguna vez soñé con la posibilidad de convertirme en misionero, los tebeos me hicieron cambiar de opinión y me dieron la oportunidad de salvar al mundo a base de mamporros a los malos. 

Durante el verano conseguí leer toda la colección de mi tío, pero fue sólo el inicio de una prometedora carrera de visitas a tierras lejanas, salvamentos variados al planeta y diferentes lecciones de honradez, generalmente a base de puños o espadas, a los deshonestos y malvados. En Córdoba descubriría la biblioteca municipal, lugar preferente de mis peregrinaciones, y las tiendas de compraventa de libros y tebeos de segunda mano de la plaza de la Corredera, santuario para el sediento de aventuras con bolsillos poco agraciados.

Mi único objetivo era la evasión, pero el resultado final fue la configuración de un carácter que me acompañaría el resto de mi vida y la conjugación de las palabras generosidad y respeto con la manera de entender la amistad y, más tarde, el amor.

Estas lecturas abrieron paso más adelante a libros más “serios”. Filosofía, historia, literatura clásica y un sinfín de temas en donde la evasión dejó paso a la necesidad de encontrar respuestas a la inquietud que sentía y me oprimía: quién era yo, que hacía aquí y porqué no quería ser como era ni estar en donde me había tocado vivir. Llegué a pensar que el conocimiento ayudaría a descubrirme, aceptarme y ser feliz. Pero jamás encontré respuestas en los libros y sí muchas preguntas. La experiencia ajena, por muy meditada que sea, jamás podrá sustituir a la reflexión propia. 

En mis primeros años creí ser un erudito. Profundizaba en varias ramas del saber, pero sólo hacía uso de esos saberes como un disco duro con los datos. Los almacenaba pero no los procesaba. Sabía mucho pero me nutría poco. Sólo me servía para sacar excelentes notas en los exámenes.

Más tarde me llegué a considerar, craso error, una persona culta. Tenía gran cantidad de conocimientos variados que me permitían disfrutar de las distintas artes y discernir las distintas calidades de los artistas. Era capaz de tener juicio crítico a través de esos conocimientos. 

Alguna vez también me he autodefinido como intelectual, es decir, además de culto, pensador. Procesaba de tal manera la cantidad de información que tenía que era capaz de producir información nueva y original. Su calidad era más que discutible y, en demasiadas ocasiones, francamente mala.

Pero intentar ser erudito, culto o intelectual no me ayudó, incluso diría que en ocasiones fueron cargas más que soluciones a mis dilemas. Y es que por mucho que alguna vez me haya considerado así, afortunadamente nunca lo he sido. La mayoría de personas intelectuales que conozco son infelices. Quizás se deba a que cuanto más se profundiza en la condición humana, menos optimismo se genera. Así pues, este tampoco era el camino que buscaba. 

El sabio puede ser extremadamente culto o tener poca formación, incluso ser analfabeto, pero es capaz de aprender de todo lo que ve, oye y siente, para construir su propia filosofía de la vida. Tiene la lucidez de entender lo que le rodea sin dejarse influenciar por lo que le han enseñado. Son los maestros de la vida. Este es el camino que emprendí, que no tiene fin, pero sí un comienzo, como cualquier buena historia. Ocurrió una tarde de agosto de 1975 en Mijas y llegó por el amor de una mujer. Pero esta historia la contaré mucho más adelante. Aún sigo en Sardañola, en el año de gracia de 1967, treinta y un años después del comienzo del glorioso Movimiento Nacional y, en ese momento, el capitán Trueno sólo me divertía, o eso creía yo, porque ningún pensador leído posteriormente me enseñó ni me dio tantas respuestas como lo hizo este personaje de ficción, tan simple como se le quiera ver o tan maravilloso como se le quiera sentir.

sábado, 16 de febrero de 2013

Palabras para una vida 15


La torre
Los domingos sin zoo íbamos a la torre que tenían cerca de Sabadell. Un pequeño terreno y una casa minúscula eran suficiente reclamo para una reunión familiar de los tres hermanos. No sé cómo se ponían de acuerdo, pues ninguno tenía teléfono, pero ahí estaban siempre. Como mi tío Angelín era albañil, y de los buenos, Diego era pintor y Manolo un manitas, construyeron entre los tres la casita, que más tarde se convertiría en una torre con todos sus avíos. 

Mientras los hombres se dedicaban a la obra, que duraría muchos años, las mujeres cocinaban y se reían. ¡Y cómo se reían¡. Si juntabas a dos hermanas, la juerga estaba asegurada, si eran tres, el jolgorio era mayúsculo, pero cuando estaban las cuatro, el escándalo adquiría proporciones apocalípticas. Las carcajadas iban en el lote de estas reuniones. Juro que ni yo ni ninguno de los hombres nos enterábamos de lo que hablaban, pues lo hacían de manera entrecortada y sólo ellas sabían lo que se traían entre manos. Jamás terminaban una frase, es más, apenas la empezaban y ya se iniciaba la algaraza. En menos de una hora todas estaban con lágrimas en los ojos y agujetas en la barriga. Comenzaban de pie en la cocina y terminaban todas sentadas agotadas de tanto ejercicio mandibular. Diego no participaba de las risotadas, entre otras cosas porque no entendía un pimiento de lo que decían, pero estaba encantado de tener cuatro hermanas tan guapas y que se entendían tan bien.

Gerardo y yo mientras tanto nos tirábamos con la bicicleta desde lo alto de una cuesta bien empinada, que estaba convenientemente situada al lado de la torre. Sin coches y con pocos peatones, la velocidad que alcanzábamos en la bajada era asombrosa, casi tanto como los bonitos moratones que adornaban nuestra piel. Entre ambos hubiéramos podido elegir al Papa, pues teníamos más cardenales que en todo el Vaticano. Afortunadamente me tocó vivir la infancia en una época en que los niños tenían la obligación de tener rasguños y hematomas engalanando piernas, brazos e incluso cabezas. Llegar sucios a casa después del juego, con desgarros en los pantalones, no asombraba a la madre de turno. Contra todo pronóstico, llegábamos vivos al hogar. Las heridas no contaban, pues la mercromina y las tiritas, fieles acompañantes de nuestras desventuras, eran baratas además de imprescindibles en cualquier casa que se preciara. 

En uno de aquellos domingos mi tía me llevó a la torre de un señor, ejemplo de sabiduría, a la sazón profesor y director de un colegio de los alrededores. Quería conocer las verdaderas posibilidades de mis potencialidades intelectuales, casi infinitas a su juicio, pero no se terminaba de fiar de dicho juicio. Tras una hora de preguntas, cuentas diversas y comprobaciones varias, decidió que un cachorro de siete años, que sabía sumar, restar, multiplicar, dividir, hacer raíces cuadradas, hallar áreas de diversos entes geométricos y hasta conocía la distancia que separaba el sol de nuestro planeta, no sólo en kilómetros sino en minutos luz, era alguien a tener en cuenta. Mi tía no cabía en sí de gozo cuando le dijo que su sobrino llegaría muy lejos. No sé como lo acertó, pero  efectivamente muchos años más tarde terminé viviendo en Sevilla.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Palabras para una vida 14


El zoo
Teníamos dos planes para los domingos: torre o zoo. Cualquiera de los planes tenían ventajas y el único inconveniente es que si se llevaba a cabo uno, no se podía hacer el otro.

Cuando tocaba zoo, muy a menudo por cierto, Gerardo, mi tío y yo nos levantábamos temprano, desayunábamos abundantemente mientras hablábamos de todos los animales que íbamos a disfrutar. Lo vivíamos como una gran fiesta, primero la ilusión de lo que te espera, después la diversión de la fiesta en sí y luego el recuerdo de lo vivido. Las tres fases eran saboreadas con fruición. 

El seat 600 blanco, el orgullo de mi tío y el único automóvil que había en toda mi familia materna, era el máximo lujo que un obrero podía desear. También fue el primer coche en que me monté. 

Durante muchos años el principal afán de un trabajador era ganar el suficiente dinero para obtener comida para su familia, y no era fácil incluso con jornadas de 12 horas al día, seis días a la semana y horas extras los domingos. Después de veinte años de dictadura, el hambre pasó a la historia y el sueño ya no era el pan si no el piso en propiedad. Tras conseguir este objetivo, lo siguiente era el coche, ya conseguido por mí tío, pero aún lejos de las posibilidades de la mayoría. 

Mucho más tarde de lo que estoy narrando, vendrían los apartamentos en la playa, varios coches por casa, miles de juguetes, varias televisiones, móviles de última generación y un sinfín de bienes materiales que mejoraron el nivel de vida de los españoles pero no la calidad de vida. El camino de la felicidad no está en el consumismo sino en las relaciones. En aquellos tiempos apenas existía lo primero y sobraba de lo segundo, por ello, a pesar de una vida dura y austera, y de un régimen político y religioso que en nada ayudaba, presiento que las cotas de felicidad eran mayores que en la actualidad. La gente tenía ilusión con el futuro y la mayoría creían que Franco era el responsable de tanto bienestar presente y por venir. No fue gracias al régimen si no a pesar de Franco y de la Iglesia, que se encontraron a una España enganchada al siglo XX, cuando todos sus desvelos imperiales y moralistas estaban dirigidos a mantenerla en la Edad Media.

Pero mientras montaba en el coche y seguíamos hablando de los delfines y gorilas blancos que nos esperaban, yo seguía adorando al abuelito Franco y respetaba, más por temor que por devoción, a las sotanas que nos regían y protegían de la inmoralidad galopante de algunas mujeres que mostraban más carnes de las debidas (y menos de las que querían ver la mayoría de los varones) y de todos los extranjeros que nos querían imponer su manera heterodoxa de construir una sociedad diferente de la nuestra, que era como Dios quería y Franco y el Papa acataban. 

La llegada a Barcelona siempre me dejaba con la boca abierta. Era enorme, las avenidas larguísimas, los edificios bellos y bien cuidados. Barcelona se gustaba a sí misma. Estaba orgullosa de ser lo que era y sus habitantes se consideraban privilegiados por vivir y pertenecer a semejante ciudad. El barrio gótico, el parque Güell, la Sagrada Familia o los edificios de Gaudí tenían una elegancia desconocida para mí (aunque era cordobés de nacimiento aún no lo era de corazón y no conocía la mezquita o la judería). 

Pero nada, excepto el mar, era comparable con llegar al aparcamiento del zoológico, bajarse del coche y presentir que los animales estudiados, pero nunca vistos, estaban tras ese seto. Sentir la boca seca, la respiración rápida y comenzar a sentir palpitaciones fue todo uno. Recuerdo mejor la primera vez, pero siempre llegué a sus puertas con los ojos dispuestos a disfrutar como si fuera la primera y última vez que iba a contemplar las maravillas soñadas.

Esperaba lo mejor de cualquier novedad que vivía en aquella bendita tierra y nunca me decepcionaba, muy al contrario, superaba cualquier expectativa. Cocodrilos, chimpancés, gorilas, con Copito de nieve al frente, acuario, espectáculo de delfines, felinos. Todos y cada uno de los animales eran viejos amigos tan queridos como desconocidos hasta ese momento. 

Yo creía que tenía amplios conocimientos sobre animales gracias a mi enciclopedia sobre la fauna. Falso. Los dibujos de mi libro eran bonitos y la información aceptable, pero nada extensa ni completa. No sabía de la existencia de muchos ejemplares y conocía muy poco de los demás. Pero mi tío, e incluso mi primo con tres años, eran auténticos expertos. Me instruyeron con generosidad y sabiduría de muchos secretos de la fauna y asimilé que lo que no nos enseñan los libros lo podemos aprender con el tesón de lo que hacemos con amor y, para amor por los animales, nadie como ellos, los mejores acompañantes que se pueden tener en el zoo. 


La vuelta a casa se hacía muy corta recordando lo vivido. Los leones seguían en nuestra retina y los delfines continuaban con sus saltos imposibles. Las risas y las caras de asombro perdurarían durante días después del gran evento.

domingo, 10 de febrero de 2013

Palabras para una vida 13


Mi primera y última borrachera
Los bares, tabernas y cervecerías eran patrimonio masculino. En alguna ocasión se reunía la familia en torno a unas buenas cervezas (coca colas, pepsis, mirindas y fantas para los peques) y unas raciones. 

Una cervecería al borde del río que dividía Sardañola, fue testigo de mi segunda gran trastada tras mi primera comunión. La primera fue minuciosamente preparada, magistralmente desarrollada y brillantemente finalizada, pero la segunda fue un desastre de estrategia, pésimamente llevada y peor terminada. 

Todos mis tíos “catalanes”, con sus respectivas parejas, se reunieron para pasar una buena noche de sábado con el fresco, las buenas vistas del río y una mejor conversación. Tan a gusto estaban que no se dieron cuenta de que todos los culillos de cerveza desaparecían misteriosamente. Más cerveza se pedía, más cerveza desaparecía. Sólo un personajillo enano de 7 años sabía lo que sucedía. 

Se me ocurrió gastarles una broma ocultándome debajo de la mesa y cogiendo las jarras, pero para no ensuciar el suelo, en vez de derramarlas me las bebía y las dejaba convenientemente vacías de donde las había cogido. Conforme pasaba la noche, el suelo seguía limpio, pero algo borroso e incluso empezó a moverse. Me hacía mucha gracia ese cambio en el suelo, demasiada gracia. Empecé a reírme a carcajadas, cosa nada habitual en mí, y mis tíos se quedaron asombrados ante semejante hilaridad. Mayor fue su asombro cuando a las risas le siguieron las palabras, o el chapurreo que salía de mi boca. ¡Pero este niño está borracho¡. Pues sí, como una cuba.

Se terminó la fiesta. Las calles las habían estrechado y los edificios se tambaleaban a mi paso. La tierra se movía y los árboles daban vueltas a mi alrededor. El mundo había cambiado y no me había dado cuenta. A gritos de visca el Barsa (aún no conocía Asturias patria querida), llegamos a casa y llegaron los vómitos. Nunca me había sentido tan mal. Todo me daba vueltas y pensé que no volvería a ver la luz del día, pero cuando la vi me dañaba los ojos y el dolor de cabeza era espantoso.

Nada mejor que experimentar algo desagradable en la infancia para no repetirlo posteriormente. Jamás he vuelto a esconderme debajo de las mesas para birlar cerveza a los mayores.

jueves, 7 de febrero de 2013

Palabras para una vida 12



Flora
Los hombres y las mujeres tenían sus papeles perfectamente delimitados durante la dictadura. Ser un buen hombre o mujer era muy fácil, sólo había que seguir los dictados de los demás. La libertad no era un valor. Si hacías lo que “debías hacer”, según la moral vigente, podías vivir tranquilo, sin críticas ni menosprecios. 

Los hombres debían trabajar y entregar el sueldo en la casa. Eran los encargados de imponer la disciplina en el hogar, tanto a la esposa como a los hijos, pero sin llegar a una violencia excesiva. Cumplían con el Estado con su lealtad y falta de crítica y con la Iglesia acudiendo a misa los domingos y fiestas de guardar. Podían echar alguna canita al aire, siempre que fueran discretos.

Las mujeres debían trabajar en casa, cuidar de los hijos, evitar salir a la calle, excepto para ir a comprar o a la iglesia, no les debía gustar el sexo, pero sí soportarlo (siempre dentro del sacramento del matrimonio) y obedecer al padre primero y al marido después. El mayor éxito de cualquier mujer era tener a los hijos gordos y limpios y la casa en perfecto estado de revista.

El que no se saliera del redil, estrecho pero perfectamente marcado, contaba con el beneplácito de todos. Y la mayoría lo seguían alegremente. El que quería ser diferente era señalado con el dedo y lo podía llegar a pasar mal. Eran tiempos en que los borregos eran felices y las águilas criticadas.

Mi tía Flora era águila. Quizás por eso vivía en el noveno piso. Que yo sepa, no frecuentaba iglesias pero sí la calle. Le gustaba salir y divertirse con Manolo, su marido.  Era moderna, al menos para los cánones de la época. Hasta usaba pantalones. Tenía su casa limpia, otra cosa era impensable, pero no era una maniática de la limpieza y prefería divertirse con sus hijas que bailar con su fregona. La relación con Manolo tampoco era la usual en su entorno. Disfrutaban juntos y estaban más unidos por el amor que por el deber. Tampoco tenían la jerarquía habitual del mando masculino y el servilismo femenino. 

Tuvieron tres hijas, pero el año de mi llegada a Sardañola sólo estaba incubándose su primer bebé, una preciosa niña que vino al mundo con graves problemas cardiacos. La tenacidad de ambos consiguió que fuera operada con éxito por un experto cirujano cardiovascular. Muchas horas de sufrimiento compartido y de esperanzas de futuro, lejos de dificultar la relación del matrimonio, lo fortaleció para siempre. María José creció sana y luce una tremenda cicatriz a lo largo de todo el tórax. Nacer en Barcelona le salvó la vida. Después le siguieron Reme y Montse (nombre poco andaluz, pero adecuado para unos seres agradecidos con Cataluña) para completar una familia con cuatro bellezones. 

Manolo era un hombre guapo, divertido, nariz aguileña y unos ojos claros que serían la envidia de cualquier Don Juan, y que a buen seguro habrían sido la perdición de más de una Doña Inés. Tenía cierto aire chulesco que nada tenía que ver con su verdadera naturaleza: trabajador, cabal, excelente padre y mejor esposo. Nunca lo vi enfadado, aunque supongo que tendría sus momentos. Compaginaba varios trabajos a la vez, alguno nocturno, pero esas interminables jornadas no terminaban en queja ni  victimismo. Estaba labrando un futuro para su familia, se sentía necesario y lo era, y su Flora lo recompensaba con algo que nunca debe faltar en una relación de pareja, su admiración.

Esta manera tan peculiar de vivir, aunque no era criticada abiertamente ni nunca fue despreciada, no era bien comprendida por una parte de la familia, más tradicional, que la disculpaba con un “es que le gusta demasiado la calle”. 

Mi relación con ellos nunca fue estrecha, pero sí cariñosa y respetuosa. Alguna vez comía en su casa, pero teniendo a mi tía Lina tan cerca, ni la misma Virgen María me hubiera tenido más de dos horas lejos de mi Sigrid.

lunes, 4 de febrero de 2013

Palabras para una vida 11


La boda
Pantalón corto, corbata a rayas, zapatos blancos y ojos verdes ilusionados. De esta guisa   me encontraba ese domingo tan especial en Barcelona. No era la primera boda a la que asistía, estuve en la de mi tía Lina, pero sí de la primera que guardo recuerdo. No tenía muy claro lo que era un matrimonio. No sabía nada de sexo, ni lo sabría en mucho tiempo. Era un tema tabú, incluso sucio. Sólo sabía que si te casabas tenías muchos hijos. ¿Qué les haría el cura durante la boda para que después Dios les diera hijos?.

Todos estaban contentos, y la que más la novia. Mi tía Ana adoraba a mi tío. Era una mujer dulce, con grandes ojos negros, hablar pausado y presencia tranquila. Me encantaba su manera de hablar en castellano, pero sobre todo me encantaba oír su catalán, que lo hacía demasiado poco para mi gusto. No tenía fama de guapa, pero a mí me parecía preciosa. Como todos en aquella bendita tierra, me trataba con deferencia y cariño. Me hacía sentir que importaba y mis ojos la premiaban absorbiendo su belleza, la belleza que sólo aprecian los que se sienten queridos y respetados. Una hermosura que sólo es captada desde el alma y que nada tiene que ver con las formas. Igual que a un cuadro no lo hace bello el que lo pinta, sino el que lo mira, a una persona no la hacen bella sus rasgos sino el sentimiento que despierta en quien la contempla. Lo que más admiraba de ella era el intenso brillo en sus ojos, que se acentuaba cuando estaba cerca de su Diego.

Mi tío Diego no me trasmitía las mismas sensaciones. Parecía más preocupado de que todo saliera bien que ilusionado. Para todos tenía una sonrisa y algún comentario, pero no flotaba cuando Ana estaba cerca. 

No tuvo infancia ni adolescencia. No deberían existir niños que se ocuparan sólo de sobrevivir en vez de jugar, pero fue lo que le tocó en suerte. Muchos críos que no aprendieron a jugar en su infancia no supieron disfrutar de adultos. Quizás por eso mi tío Diego siempre se tomó la vida demasiado en serio. Más pendiente de las injusticias que de su propia felicidad, pensó que era mejor cambiar el mundo que cambiarse él, pero el mundo no cambió ni él dejó de ser el niño que no aprendió a jugar sino a sobrevivir. 

Comunista por ideas, pintor de Seat por profesión, buen hermano e hijo por lealtad y  magnífico padre por amor, quizás no ha sabido valorar la devoción de su Ana. 

Generoso con todos, menos consigo mismo, me prestó su biblioteca, la primera que vi que mereciera tal nombre y me regaló el mar. Sin saberlo, su boda fue la excusa para que mi abuela fuera a Barcelona y yo con ella, así que también me regaló lo que no le debe faltar a nadie: sentirse digno de amor.

sábado, 2 de febrero de 2013

Palabras para una vida 10


El mar
Mi tio Diego, hermano de mi madre, vivía en Barcelona y se casaba ese verano. Siempre había sido el ZIPI de mi tía Flora, la ZAPE. Los dos hijos más jóvenes de mi abuela. 

Los dos únicos hijos que compartieron el hambre y las penurias de mi abuela a lo largo de toda su infancia y adolescencia en una Málaga cruel con los perdedores. La hoz y el martillo, que llevaba grabado mi abuelo en los antebrazos, eran suficientes para ser despedido de cualquier panadería a la que fuera a trabajar, por muy buen pan que hiciera. En la guerra sólo luchó con ideas, jamás con un fusil, pero tras la conquista de Málaga, fue enviado a un campo de concentración, donde pasó dos años, tras los cuales volvió a Málaga, pero siguió siendo un preso sin rejas. Un rojo conocido no era bienvenido en ningún trabajo. De sus ocho hijos, tres murieron de hambre, a mi madre la enviaron con mi bisabuela a Córdoba para que trabajara para ella y comiera a cambio. A mi tía Pepa la enviaron a Mijas con una hermana de mi abuela, con lo que salvó su vida, y sólo quedaron tres en Málaga. Mi tía Lina terminó más tarde en mi casa y sólo Diego y Flora estuvieron con mis abuelos en todos los años malos. Muy malos, pues a la miseria se unió el alcoholismo de mi abuelo y los malos tratos que conllevaba. 

Vivían en una pequeña habitación, no mayor de 15 metros cuadrados, dentro de un corralón de vecinos. Mi abuela tenía su pequeña habitación más limpia que el jaspe y aún le daba tiempo de recoger el carbón que se caía de los trenes, una actividad no precisamente legal, para revenderlo y llevar algo de comer a la familia. Una pastilla de jabón verde era lo único que no faltó en esa casa. Hambre siempre sobró, tanta que Diego intentaba convencer a su hermana Flora de lo mala que estaba la comida, con la vana esperanza de convencerla y aumentar su magra ración. Tampoco faltaban piojos, que se convertían en la excusa perfecta para que todas las mujeres del corralón sacaran sillas y niños piojosos al patio para despiojar cabezas infantiles y despellejar a la vecina que faltara. Cualquier excusa era buena para armar una fiesta en el patio. El cante, el baile y las risas brillaban tanto como faltaban el buen beber y yantar. Lo que al estómago faltaba, al corazón sobraba. 

Las posibilidades de mejorar el nivel de vida en Málaga eran escasas, por lo que los dos jóvenes terminaron por irse, como no, a Barcelona. Mi tía Flora terminó en Sardañola, casada con Manolo, y Diego se enamoró de una catalana, Ana, con la que se casaría ese mismo verano.

Mi tío Diego me invitó a ir a Barcelona y me enseñó buena parte de la ciudad en vespa y me hizo, sin saberlo, uno de los mejores regalos de mi vida: me llevó junto con su futura esposa, a la playa.

Me quedé plantado en la arena contemplando el cielo y el mar, el mar y el cielo. Aunque había leído tantas aventuras en océanos y había estudiado la geografía de tantos mares, nada me había preparado para saborear la inmensidad. Nunca me sentí más cerca de Dios que en aquel momento. La única vida que merece la pena vivir es aquella que sientes, que percibes en cada poro de tu piel, que hueles y que contemplas maravillado el milagro del caos. Viento, olor marinero, salitre, sonido de olas y visión de un infinito azul. Mi corazón estallaba sobrecogido ante tanta grandeza y no me sentí pequeño, sino uno con el agua, el cielo y las nubes, el viento y el sol. Mi tío me regaló el mar.