martes, 2 de abril de 2013

Palabras para una vida 33



Nuevas asignaturas
En Bachillerato me encontré con algún hueso más, además del dibujo y los trabajos manuales.

La filosofía fue el mayor petardo con el que jamás me he encontrado. La impartían de tal manera que nadie entendía nada y a nadie gustaba. Resolví que a falta de entendimiento, la memoria me serviría para sacarla adelante.

La lengua española era un hueso mucho más duro de roer. Jamás he entendido nada de gramática. Sujeto, verbo, predicado, complementos directos, indirectos y circunstanciales, eran chino para mí. Aún sigo sin entenderlos. Esto suponía un duro varapalo a mi autoestima. No comprendía porqué era tan inteligente para algunas cosas y tan torpe para otras. Pero mis capacidades son así. Los test de inteligencia que nos hacían todos los años demostraban que tenía una capacidad para la lógica, matemática, memoria y abstracción en niveles de superdotación, pero la expresión verbal y la visión espacial en rangos de subnormalidad. 

El orgullo me impedía que nadie se enterara de semejante falla en lo que había intentado vender como mente brillante. Que mis manos no controlaran los trabajos manuales era una cosa y que no entendiera nada sobre la construcción de frases era otra muy diferente. Si la expresión verbal era mala, la memoria era excelente, así que utilicé ésta para que no se notaran las lagunas de aquélla. Me aprendí de memoria cientos de frases que encontré en los diversos textos de Lengua, que ya estaban analizadas. Cuando tocaba examen, sólo tenía que recordar la frase que más se pareciera a la que habían puesto y la analizaba exactamente igual que la frase recordada. Las comas y puntos me salían bastante bien, no porque lo comprendiera (aún no lo entiendo), si no porque después de leer tanto, sabía más o menos donde había que ponerlos. La ortografía no era problema, era cuestión de memoria. Con estos trucos seguía obteniendo sobresalientes académicos pero rotundos suspensos en lo que de verdad importaba: la comprensión de la estructura de nuestra lengua. 

Todo lo contrario me sucedía con el latín. Lo traducía directamente y lo entendía a la perfección. En una ocasión me armé de valor y le pregunté al profesor porque se me daba tan mal la lengua y tan bien el latín. Don Francisco se sorprendió (era la primera pregunta que le hacía en años) y buscó mi expediente y mis test psicológicos. Me respondió que el latín se basaba mucho en la lógica y, una buena mente matemática y científica, obtenía mejores resultados que una mente con buena capacidad oral. No sé si ello es cierto, pero en mí se cumplía.

Curiosamente, las tres actividades que peor se me dieron, filosofía, lengua y dibujo, son de las que más placer obtengo a la hora de expresar mi creatividad. Las matemáticas las empleo en mi trabajo pero no forman parte de mi vida, como tampoco el latín, la física o la química. Aproveché mis capacidades para que mi soberbia creciera tanto como disminuían mi humanidad y felicidad. No reniego de mis ventajas intelectuales pero, aunque formen parte de mí, no son las que me motivan ni las que me han hecho crecer y aprender. 

El coeficiente intelectual me dice poco acerca de una persona, quizás porque no exprese sus sentimientos y debilidades y, éstas, mucho más que nuestras fortalezas, son las que nos moldean, tanto en lo positivo, si las conseguimos reconducir y gestionar, como en lo negativo, si nos hunden por no saber comprenderlas, mimarlas y aceptarlas, única manera de superarlas. He conocido personas, con unas condiciones intelectuales maravillosas, que no han sabido manejar sus emociones y fragilidades y, sus altas capacidades, se han convertido más en un lastre que en un haber. Por el contrario, gente con capacidades limitadas y debilidades evidentes, tras admitirlas y guiarlas de manera adecuada, han conseguido un equilibrio personal que les hacía brillar en todo lo que se proponían.

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