domingo, 24 de marzo de 2013

Palabras para una vida 29


Paz externa. Tormenta interna.
Mis primeros ocho años marcaron lo que sucedió en mis siguientes ocho. Fueron años grises, tristes, aunque no del todo perdidos. Significaron un pasar de puntillas por la vida. Las cosas simplemente me sucedían. No tenía las riendas de mi carro, los caballos se encargaban de escoger los distintos caminos y yo me adaptaba de la mejor manera posible, que siempre resultaba ser la peor. El reloj marcaba mis horas y no tenía el más mínimo poder sobre las manecillas. Siempre hacía lo mismo, cada hora tenía una actividad y cada actividad se hacía sólo a esa hora. Tenía pocos momentos de libertad y lo prefería, porque cuando pensaba sufría. El autómata en que me convertí estaba desprovisto de sentimientos y, como éstos eran especialmente negativos, prefería no vivir a sufrir. 

Los zombies y Mr Spock siempre han despertado en mí una profunda curiosidad. Pon un zombie en la tele y lo dejo todo. Aparece Mr Spock y el mundo se para. De alguna manera yo fui zombie durante esos ocho años, un zombie un tanto especial, pues tenía las orejas picudas y las cejas triangulares del medio vulcano. Aparentaba no tener emociones y, la razón pura, era el disfraz perfecto que elegí para no inspirar en los demás la pena que sentía. De Jekyll y Hide pasé a ser Spockzombie. Dejé de tener los accesos bruscos de loco peligroso/niño perfecto y comencé la etapa de ser engreído con la cabeza bien alta, impertérrito ante todo y ante todos, que no se estremecía por nada y la lógica se convirtió en la única manera de enfrentarme con el mundo. Y debo reconocer que la fachada funcionaba a las mil maravillas. La gente me veía como una persona fría y calculadora, soberbia y engreída, distante. Exactamente lo que quería que pensaran de mí. Antes canalla que dar pena.

Desgraciadamente, no todas las horas del día estaban ocupadas. Había momentos que tenía que pasar con mi peor enemigo: al acostarme y en las tardes de sábados y domingos después del cine. 

La cama era como la máquina de la verdad, el sitio en que tenía que quitarme la careta y mirar de frente a mis fantasmas.

En las tardes festivas no había fútbol en la asa y se suponía que me reunía con mis amigos y dábamos una vuelta por el centro. No podía llegar a casa, por mucho que lo deseara, después de la sesión doble del Cine Cabrera; habrían habido preguntas embarazosas sobre porqué no estaba con los amigos que mis padres creían que tenía. Prefería irme solo al parque a hacer de Forrest Gump en la maravillosa escena final de la película. Deja a su hijo en el autobús, se sienta con la mirada perdida y deja correr el tiempo. Así pasaba las horas en los bancos de los jardines de la Victoria. La mirada perdida y el deseo ferviente de no pensar, que muchas veces no conseguía. 

Eran demasiadas tardes de banco, demasiadas horas que, mal empleadas, me hubieran llevado a la desesperación más absoluta. Así que comencé un juego que tan buen resultado me daba en baloncesto: dejar la mente totalmente en blanco. Dejaba fluir las imágenes, colores, sensaciones, sonidos y palabras a través de mi cerebro sin intentar retenerlas, juzgarlas, sufrirlas o razonarlas. No fue nada fácil al principio, mi atención se desviaba continuamente hacia cualquier suceso externo o me recreaba o enfadaba con cualquier pensamiento que llegaba y lo intentaba retener y, cuando esto sucedía, todo dejaba de fluir. Resultaba apasionante mezclar los sentidos con las sensaciones, llegar a oler colores, ver sonidos o saborear el tacto del viento en mi pelo. Cuando a las nueve menos cuarto me levantaba del banco para volver a casa, me sentía ligero como una pluma. Parecía que mi cuerpo flotaba y que todos los pesos que habían agarrotado los músculos durante la semana, desaparecían. He seguido haciéndolo durante toda mi vida y, con la práctica, lo consigo en cualquier lugar o circunstancia casi de manera automática. Creo que ha sido el factor que me ha dado más equilibrio. Hace poco tiempo, a través de un amigo de internet, me enteré que lo que hacía era similar a la meditación Zen. Con todos los libros que he leído, la mayoría inservibles, nunca leí nada sobre la espiritualidad asiática y, sin saberlo, practicaba a mi manera una filosofía que desconocía por completo. 

2 comentarios:

La Perfida Canalla dijo...

Existen personas que durante media vida persiguen lo que has conseguido solito tu

Enhorabuena!

Por cierto soy Pérfida
Un saludo coleguita

Juan dijo...

Muchas gracias pérfida