lunes, 3 de noviembre de 2008

Cristóbal, el cabrero

Os quiero presentar a Cristóbal, un ser en el que la palabra singular adquiere su verdadero significado. Lo conocí a través de una enfermedad, hace ya algunos años. Durante los días de ingreso, tuve el privilegio de conocer, a través de un lenguaje basto y sin artificios, su vida y milagros. Lo veo periódicamente y siempre lo cito el último para poder seguir disfrutando de su sabiduría. Muchas de sus frases han conformado una parte del camino que recorro. Algún día dedicaré una entrada exclusiva con sus perlas.

Cristóbal tuvo una infancia dura, pero feliz. Poca comida, mucha hambre, mucha calle y numerosos amigos. El mundo pertenecía a los niños, eran dueños, durante varias horas al día, de su propia vida. La casa familiar estaba llena de hermanos, como todas las familias del pueblo. Los adultos tenían que trabajar de sol a sol para conseguir comer todos los días....y a veces ni eso. Con tantos chavales y adultos tan ocupados en sobrevivir, la disciplina era férrea. Pocas palabras y un bofetón al que se excediera. El golpe podía venir de cualquiera, padre, madre, vecino o simplemente un mayor que por allí pasara. No sólo educaban los progenitores, necesariamente educaba la tribu.

No existían los juguetes. Los juegos se hacían con carne, hueso e imaginación.

Tres sonidos forjaban el día a día del lugar: las campanas de la iglesia, los gritos de los niños y las llamadas de la madre para cenar.

El colegio era una habitación en donde se agolpaban todas las criaturas menores de 12 años. El único maestro, un hombre entrado en canas, de carnes secas del mucho ayuno y poco sueño y ojos llenos aún de ilusión por la revolución que siempre estaba a punto de llegar. La única asignatura: las letras y las cuatro reglas aritméticas, además por supuesto, del catecismo.

La letra con sangre entra...pero ni por esas. A los 10 años abandonó el colegio y comenzó a trabajar con las cabras de la familia. El monte se convirtió en su mejor, su único amigo. La soledad de semanas en su choza le instruyó en el lenguaje de las nubes, los árboles, los ríos y el viento. Convirtió el rebaño en su familia. Cada cabra tenía su nombre, su propia personalidad, su singular forma de mirar. Gradualmente alargaba las temporadas al aire libre y acortaba sus estancias en el pueblo. Durante el invierno no tenía excusa, el pasto se secaba y el matorral se desnudaba y Cristóbal regresaba a una casa que ya no reconocía como suya. Los amigos, la iglesia y los gritos infantiles habían perdido la virtud de lo conocido, pero una pecosa pelirroja volvió a iluminar su agrado por la compañía.

El matrimonio no era una elección. Los hijos tampoco. El páramo constituía la única realidad y sus estancias en el poblado, un fastidio inevitable lleno de pelirrojos mocosos. El invierno era tiempo de carpintería, largas charlas al calor de la chimenea, excursiones al campo con los hijos y noches cálidas con su esposa, pero el viento del Norte siempre le llamaba a la montaña.

En Abril iniciaba el largo y angosto camino con sus cabras hacia un mundo, su mundo, que se rehacía cada primavera. Los olores eran conocidos y nuevos a la vez. La brisa, libre de cualquier obstáculo, daba de lleno en su rostro y provocaba una sonrisa.

Tiene 81 años y aún sigue con sus cabras. Nunca ha acariciado un libro. No reconoce el tacto de un periódico. La radio y la televisión son su única fuente de información. Pero su maestra, la Naturaleza, sigue fresca y lozana. Continúa creciendo en contacto con su única verdad. Es un hombre sabio, que no sabe leer ni escribir, porque nadie percibe su entorno con la plenitud agotadora de la eterna juventud que reside en un corazón indómito.

4 comentarios:

Kaken dijo...

Me encanta comprobar cómo la sabiduría puede provenir de las más dispares e inesperadas fuentes.
Considero un lujo estar abierto a ello, supone no desaprovechar ninguna oportunidad de crecimiento interior.
Gracias, Juan, por saber verlo y por saber contarlo.
Un bes...(como no tengo ni idea de quien eres no te digo muuuchas cosas más, jejej)

Juan dijo...

El caso es que tu cara me suena, jejejejeje.

Muchas gracias Kaken.

Considero esencial estar abierto a todo y a todos, porque nunca se sabe donde aprenderás.

No estar en posesión de la verdad ayuda mucho.

Un abrazo.

El patio de mi casa dijo...

Me fascina como detrás de cada arruga suele haber una historia grandiosa (¿hay alguna vida que no lo sea?).
No diré que me gusta hablar con la gente mayor, porque no es cierto. Me gusta escuchar a la gente mayor. ¡Tienen tanto que contar! Y yo tanto que aprender, que me pasaría horas oyendo sus historias. Y esto me recuerda que tengo una entrada pendiente en mi blog que... en fin.... dichosa falta de tiempo.
Un placer leerte.

Juan dijo...

Muchas gracias el patio de mi casa.

No sólo tienen mucho que contar, sino que también se necesita un auditorio con las orejas para escuchar.

Un abrazo