miércoles, 12 de noviembre de 2008

Las apariencias no engañan

Estamos acostumbrados a mirar una situación o a una persona sólo desde un punto de vista: el nuestro. Pero la mirada personal, demasiadas veces, está corrompida por nuestras ideas, prejuicios, enseñanzas, doctrinas, experiencias vividas, sufrimientos pasados y todo nuestro historial de fracasos o éxitos. Solemos ver, no lo que hay, sino lo que sentimos o presentimos.

El siguiente paso es catalogar, etiquetar y, a veces incluso, juzgar y condenar según las pruebas que supuestamente se han puesto delante de nuestros ojos “contaminados”.

El último paso es comportarnos, en ese contexto o con esa persona, de acuerdo con las conclusiones que hemos obtenido. Unas veces será verbal y, en la mayoría de ocasiones, mediante gestos y actitudes que nos delatan y que suelen ser fácilmente detectables por el interesado.

Como estamos programados para reaccionar, el interfecto contraatacará al sentirse atacado y nos mostrará lo peor de sí mismo.

Resultado final: hemos acertado una vez más. No nos habíamos equivocado. Es exactamente como yo había sospechado. Las apariencias no engañan.

Mario Alonso Puig dice que lo que creemos se convierte en lo que creamos.

Siempre he defendido que me gusta la gente, desnuda de ideas. Pero para conseguirlo, el primero que se tiene que desnudar soy yo. Esto no significa que renunciemos a nuestros principios ni que dejemos de tener ideales. En absoluto. Nos sirven para conducirnos de la forma más decente posible por la vida. Pero los tenemos que aparcar cuando interactuamos con los demás para que nuestros ojos estén limpios y vean más allá de lo que el otro piensa para poder contemplar lo que el otro es. La mayoría de los enfrentamientos se producen entre maneras de ver las cosas y no entre las esencias de las personas.

Después de casi 49 años puedo decir que no odio ni guardo rencor a nadie. Hay personas que me gustan mucho y otras simplemente me gustan. Hay algunos, muy pocos, que me repelen y son precisamente aquellos de los que sólo conozco lo que piensan. Hasta George Bush podría llegar a caerme bien si lo tratara (aunque el esfuerzo que tendría que hacer sería terrible). ¿Porqué?. Porque critico y debato ideas e intento (aunque reconozco que no siempre lo consigo) separarlas de la persona. “Tus ideas no me gustan, pero tú sí”.

Hay gente que es muy negativa. Ensucian todo lo que ven y critican a todo y a todos. Han olvidado el color y se han sumido en el eterno negro. Esparcen la semilla de la desesperanza por doquier. Sólo disfrutan viendo hundirse al que está a su lado. Han hecho del rencor y el odio una manera de vivir. Esto es lo que vemos.

Ante alguien así tenemos varias posibilidades:

1. Reaccionar, con lo que conseguimos que se mantenga aún más en sus trece. Le hemos dado más razones para seguir viendo el mundo sucio.

2. Intentar convencerla de su error. No sé si es peor la primera opción o ésta. Cuando nos damos cuenta de que alguien nos quiere cambiar, nos rebelamos e incluso buscamos más argumentos que justifican nuestros actos.

3. Ignorarla. Es la opción más cómoda y la que todos solemos elegir. Pero si es nuestra madre, hermano o hijo es muy complicado.

4. Desnudarnos de nuestras ideas y contemplar al otro desde todas las perspectivas imaginables. Descubrir su auténtica naturaleza más allá de los hechos criticables. Sentarnos con ella, no tanto para oír lo que nos dice, sino para sentir lo que es. No interrogarle sobre por qué hace lo que hace. Mejor preguntarle, con el corazón en la mano, porqué se siente así, qué trajo una lágrima a sus ojos. Y cuando hable, quizás no la primera ni la décima vez, pero cuando lo haga, no atender con nuestras orejas sino escuchar con nuestras emociones. Cuando termine su relato, sobrarán las palabras. Una sonrisa y dos manos entrelazadas serán suficientes.

Las apariencias no engañan, sólo presentan una parte de la realidad. Para engañarnos ya nos tenemos a nosotros mismos.

7 comentarios:

El patio de mi casa dijo...

Ufff.... tendría yo que darle una vuelta a esto, y hoy tengo la cabeza bastante embotada. Pero no me veo yo muy capaz de separa a las personas de sus ideas. Te felicito si lo has conseguido, porque son dos cosas que yo siento demasiado íntimamente ligadas.
En una cosa sí coincido contigo. A mis treinta y siete, también puedo decir que no siento odio ni rencor hacia nadie. Hay personas cuyas acciones me parecen detestables, y algunas que me han hecho mucho daño a mí personalmente, pero no albergo hacia ellas sentimientos negativos. Simplemente, he procurado apartarlas de mi vida. Y las que por el motivo que sea, no puedo apartar de mi vida, procuro al menos apartarlas de mis pensamientos y mis sentimientos. A veces me cuesta, supongo que me queda algún año más de aprendizaje, pero espero que cuando llegue a tu edad (no te llamo viejo, je,je... espero y deseo llegar, claro) ya me cueste menos esfuerzo.
Un beso. Si saco un rato te releo con mas calma, a ver si consigo aprender algo...
Un beso.

Juan dijo...

No es fácil separar a las personas de sus ideas, es verdad.

Pero ¿porqué es mejor hacerlo así?. Pues mira, no por la otra persona, sino por puro egoísmo. Te sientes mucho mejor, gastas menos energía en rencores, malentendidos u odios. La vida de relación se hace más sencilla, productiva y agradable. En resumen, es muy positivo para la salud mental.

Un abrazo

Io dijo...

Hola Juan!

Estupenda reflexión. Yo he tenido la suerte de tener mucha empatía, desde que era pequeñita, de manera que no me cuesta nada poneme en los zapatos de los demás.

Lo que me llama la atención es que te "repelan" aquellas personas de las que sólo conoces lo que piensan, porque yo, por ejemplo, tengo tendencia a "enamorarme" de escritores por sus obras y sus artículos de opinión (aunque siempre piendo que igual luego son insoportables, je,je)

Has expuesto muy bien el problema de tratar con una persona negativa. Yo conozco a alguna, y trato de flexibilizar sus posturas con desenfado, echándole un poco de humor, "Qué mala eres", y todo eso.

Me da bastante pena de esas personar porque lo único que consiguen es amargarse a sí mismas de forma gratuita.

Cuando empatizas con alguien siempre te aporta algo, y los sentimientos fluyen sin obstáculos.

Un beso y un abrazo.

Celadus dijo...

Es un ejercicio complejo, es verdad, pero como bien dices es muy necesario para mantener nuestra buena salud mental y ahorra muchos sofocones. Un buen método consiste en pensar que el que nosotros no seamos como la otra persona (o como creemos que es) es una cuestión de puro azar. Cualquiera de nosotros, en circunstancias distintas, podríamos ser completamente diferentes a como somos ahora. Cuando se tiene eso claro resulta mucho más difícil mirar al otro por encima del hombro o simplemente juzgarlo.

Juan dijo...

Hola io, no es que me repelan, no era esa mi intención. Me refiero a que las únicas personas que me repelen, no las conozco personalmente y, cuando las conozco, al poder interactuar ya no tengo en cuenta sólo lo que piensan y me empiezan a gustar. Claro que adoro a mucha gente por sus pensamientos, pero a George Bush, como sólo sé de sus ideas, no me gusta como persona.

Efectivamente Celadus. Creo que hay un dicho indio que dice que nunca juzgues a una persona sin haber caminado durante tres semanas con sus mocasines. Yo no sé como sería si hubiera nacido en Ruanda, o si mis padres me hubieran maltratado.

Un abrazo y muchas gracias por vuestras aportaciones.

Io dijo...

Ah, te había entendido mal.

Entonces me pasa lo mismo que a tí.
Sobre todo con esos monstruos que se dedican a machacar a la compañera, a los niños, o, ya puestos en el ejemplo, a Bush, que dormirá plácidamente contando muertos en Iraq en vez de ovejitas.

Ahí si que me siento incapaz de ponerme en sus zapatos. Como tú dices, habría que tener un contacto personal, saber qué circunstancias les llevaron a tal grado de locura.

En mi novela Los Gatos, me pasó algo muy curioso. El personaje del "malo" estaba pensado para ser eso, un malo malísimo, un psicópata de película americana, pero me sorprendí a mi misma explicando las causas que le llevaron a serlo y acabé por sentir lástima por él. Esto sucedió porque me metí en su vida, en sus circunstancias, tuve "largas conversaciones con él", y llegué a comprenderle, y al final casi le convertí en el héroe de la historia. (Estoy hablando de un personaje de ficción. pero no te imaginas el nivel de "realidad" que puede llegar a alcanzar cuando pasas meses hablando, indagando y escribiendo sobre él)

No sé si Bush podría llegar a caerme bien, igual sí, igual es un típo simpático que lo hace todo convencido, por su patria y todo eso, aunque yo personalmente creo que está mal de la cabeza.

Pero valdría la pena intentarlo. Conocer a los demás es conocernos a nosotros mismos, saber las cosas que podríamos llegar a hacer según qué circunstancias. Y eso, aparte de hacernos sentir mejor, identifica los motivos que nos llevan a esa alteración de la personalidad.

Juan dijo...

Es verdad io. Además, se da un fenómeno curioso. Conocer a los demás nos ayuda a conocernos, pero es que, al conocernos mejor, nos ayuda a conectar con los demás. Es un círculo, en este caso, virtuoso.

Muchos malos, terminan siendo los personajes más atractivos, tanto en novelas como en cine o la vida real. La maldad, lo mismo que la bondad, en buena parte viene dictada por las vivencias.

Pero cuando uno es malo, malo, supone generalmente un gesto de rebeldía que hace a ese ser distinto, especial y por consiguiente atractivo.

Otra cosa es el psicópata. Esto ya forma parte del mundo de la enfermedad orgánica. Aquí no hay razones ni motivos, sólo un mal funcionamiento del cerebro.

Un abrazo.